El azufre (S) constituye uno de los tres macronutrientes secundarios, junto con el calcio y el magnesio, mientras que el nitrógeno, el fósforo y el potasio conforman el grupo de macronutrientes primarios. Forma parte de la composición de aminoácidos esenciales, proteínas y aceites, y desempeña un papel determinante durante las primeras fases de desarrollo de los vegetales. Las plantas lo absorben exclusivamente en forma de ion sulfato (SO₄²⁻), que circula en el suelo de manera soluble. Su concentración típica en la materia seca vegetal se sitúa entre 0,1 y 0,4 %, un nivel comparable al del fósforo y el magnesio[1].
Fuentes y formas de aporte
Los fertilizantes verdaderamente mononutriente para el azufre se limitan a los productos que contienen este elemento en estado nativo[2]. Todas las demás fuentes aportan conjuntamente otros elementos mayores o oligoelementos. Entre las principales se encuentran el sulfato de amonio (24 % de S), el superfosfato simple (12 % de S), el sulfato de potasio (18 % de S), así como diversas formulaciones complejas nitrogenadas-fosfatadas o NPK enriquecidas. El tiosulfato de amonio líquido combina 12 % de nitrógeno con 26 % de azufre, distribuido equitativamente entre forma sulfato y forma elemental[3]. Los concentrados más ricos en azufre son las preparaciones a base de azufre nativo, en particular las bentonitas sulfatadas al 90 % de S, que requieren una transformación biológica previa en el suelo antes de poder ser asimilables por las raíces[4].
Disponibilidad y manejo agronómico
Los distintos sulfatos minerales son equivalentes desde el punto de vista agronómico, ya que el azufre se encuentra en ellos bajo una forma inmediatamente utilizable por los vegetales[5]. Los aportes habituales oscilan entre 20 y 50 kg S/ha, en función del reservorio del suelo y de las necesidades de la especie cultivada; las texturas arenosas y los cultivos oleaginosos requieren fertilizaciones más elevadas[5]. Para los enmiendas a base de azufre nativo o piritas, la incorporación debe realizarse tres a cuatro semanas antes de la siembra, mediante esparcimiento a voleo sobre un suelo húmedo seguido de una mezcla mecánica, lo que deja el tiempo necesario para la oxidación microbiana a sulfato asimilable[5]. La cinética de esta transformación depende del diámetro de las partículas, de la temperatura del suelo, de su humedad y de la intimidad del contacto entre el fertilizante y la matriz edafológica[5]. Una carencia detectada durante el ciclo cultural puede ser subsanada rápidamente mediante un aporte de sulfato de amonio en cobertura[3][5].
Carencias y toxicidad
Cuando se manifiesta un déficit, se expresa primero en el follaje más reciente, persistiendo a pesar de un aporte nitrogenado[6]. Los vegetales afectados desarrollan una arquitectura reducida, con tallos finos y alargados; su desarrollo se ralentiza y el espigado de los cereales se produce más tardíamente. La simbiosis fijadora de nitrógeno se ve debilitada en las leguminosas. La coloración de los frutos permanece incompleta, tendiendo al verde pálido, y su maduración se interrumpe. En las plantas de semillas oleaginosas, la producción se desploma y la riqueza lipídica de las semillas disminuye[6]. La intoxicación por ion sulfuro se produce en medios fuertemente desprovistos de oxígeno. Los vegetales reaccionan negativamente a concentraciones atmosféricas de dióxido de azufre superiores a 0,6 mg/m³, manifestándose en lesiones necróticas foliares; los valores habituales se sitúan entre 0,1 y 0,2 mg/m³[6].
Regulación y mercado
La legislación europea relativa a los productos fertilizantes pretende reducir la dependencia de la Unión respecto a los suministros exteriores de elementos nutritivos, ampliando en particular el ámbito a materiales reciclados y orgánicos[7]. La industria fertilizante contribuye ampliamente a la nutrición de azufre de los suelos, a través de los sulfatos incorporados en el superfosfato y el sulfato de amonio, entre otros[8][9]. En la dinámica edafológica del azufre, las fracciones disueltas y adsorbidas a menudo constituyen solo una minoría del reservorio total, en ocasiones inferior al 10 %; la mayor parte, inmovilizada en la materia orgánica, requiere una mineralización para volver a ser accesible, proceso favorecido por temperaturas en torno a 40 °C y una humedad equivalente al 60 % de la capacidad de campo[10].
Fuentes
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 43 · Ver la fuente
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 120 · Ver la fuente
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 124 · Ver la fuente
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 121 · Ver la fuente
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 220 · Ver la fuente
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 48 · Ver la fuente
- Règlement (UE) 2019/1009 (produits fertilisants), Considérants · Ver la fuente
- Commission européenne, BREF LVIC-AAF (2007), p. 3 · Ver la fuente
- Commission européenne, BREF LVIC-AAF (2007), p. 29 · Ver la fuente
- FAO, Plant nutrition for food security (2006), p. 88 · Ver la fuente
Texto original de fertiliser-market.com. Los hechos y las cifras proceden de los documentos citados, en la página indicada; no se reproduce de ellos ningún texto, tabla ni gráfico.
Actualizado el 3 de noviembre de 2026